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13/02/2006
"40 pistolas": Un western sui generis

La dura Jessica Drummond (Barbara Stanwyck) es una terrateniente que lidera un ejército compuesto por 40 hombres (y sus correspondientes pistolas). Un día llegan los tres hermanos Bonell a la ciudad con una misión que cumplir: detener a uno de los pistoleros de Drummond. Todo se complicará. Brockie, el hermano de la fémina, comete sus fechorías y mata al sheriff. Y ella, la mujer del látigo, iniciará un idilio romántico con Griff Bonell (Barry Sullivan), ex-asesino.
40 pistolas (Forty Guns, 1957) es un western moderno, adelantado a su tiempo, que contiene un cúmulo sensacional de recursos cinematográficos ejecutados a las mil maravillas y que ofrece un lirismo sorprendente (esa canción, "High Ridin’ Woman", es inolvidable y se encuentra perfectamente insertada en la trama).
El maestro Fuller deleita con su talento visual y muestra una serie de planos secuencia, travellings, picados y contrapicados que otorgan a la película una gran elegancia formal. El trabajo de cámara es, realmente, excelente, al igual que el uso del scope, y todo ello sirve para enriquecer, aún más, la experiencia y sorprender una y otra vez al espectador, alcanzando niveles fascinantes como anticipo de Sergio Leone: esa tensa secuencia en la que Bonell se acerca, con paso seguro y subrayado por la música, hacia un Brockie borracho y desatado en la destrucción de todo lo que ve.
Por otro lado, es de justicia destacar los diálogos, muchos de ellos sembrados de insinuaciones y metáforas con claras connotaciones sexuales.
DRUMMOND: -A este paso acabarás con una mujer en cada ciudad. Dame tus armas.
BROCKIE: -Un hombre tiene que divertirse.
DRUMMOND: -Si no sabes manejar un caballo, mejor no montes. Vamos, dame las armas.
WES: -¿Cuánto tardarás en hacerme el rifle?
RIO, LA ARMERA: -Mucho. Tendrás que venir cada día para ajustarlo.
DRUMMOND: -No me interesa usted, Sr. Bonell, sino su pistola. ¿Puedo tocarla?
BONELL: -No.
DRUMMOND: -Es pura curiosidad.
BONELL: -Podría estallarle en la cara.
DRUMMOND: -Me arriesgaré.
Y naturalmente, nada sería lo mismo sin ella, sin la formidable Barbara Stanwyck, una de las mejores actrices de la historia, que comienza mostrando su vertiente más "viril" para después descubrir que hay mucho más en su interior.
Samuel Fuller tan sólo necesita 77 minutos para contar, con síntesis, una historia en la que se condensa la acción, el humor, el suspense, el romanticismo o el drama. Un western potente, directo al grano y de desenlace atípico (atención a la resolución del duelo final). Una magnífica película, sí señor.
Valoración: * * * * *
12/02/2006
"Manos peligrosas" y "Bajos fondos": El cine negro según Sam Fuller

Manos peligrosas (Pick Up 0n South Street, 1953)
Un carterista, Skip McCoy (Richard Widmark), le roba a una mujer, Candy (Jean Peters), en el metro, una preciada mercancía que su portadora había de entregar a los espías comunistas. Sin pretenderlo, Skip se ha agenciado un microfilm que contiene secretos de Estado y resulta tremendamente valioso, lo que le pone en peligro ya que tanto el FBI como los comunistas van en su busca. Y Candy, engañada, también persigue a Skip...
Samuel Fuller dirige con su habitual maestría esta enérgica cinta de cine negro, poblada por personajes corruptos e incluso extravagantes (la soplona vendedora de corbatas interpretada por Thelma Ritter) y narrada con fuerza, a un ritmo imparable, sin tiempos muertos ni florituras innecesarias.
A partir de un McGuffin "hitchcockiano", Fuller construye una historia sobre un ladronzuelo salido de la cárcel que, para su sorpresa, se encuentra en posesión de un microfilm de valor incalculable que puede suponer su muerte. Desde que se produce el robo, la persecución se inicia y las escenas de máxima intensidad se suceden a la par que una historia de amor entre seres al margen de la ley.
Gran película.
Valoración: * * * * *

Bajos fondos (Underworld U.S.A., 1961)
Un joven marginal, Tolly Devlin (Cliff Robertson), que vive y delinque en los bajos fondos, presencia el brutal asesinato de su padre y, a partir de ahí, se promete a sí mismo que se vengará de los verdugos cueste lo que cueste. Encerrado durante muchos años en diversas prisiones, un día descubrirá casualmente a uno de los criminales culpables, quien, a las puertas de la muerte, le confesará los nombres de los asesinos. La venganza se sierve en plato frío y Tolly no descansará hasta lograr su eterno objetivo.
Como en el caso anterior, estamos ante una nueva incursión de Fuller en el género negro caracterizada por la agresiva dirección, la utilización de una amplia gama de recursos formales, la presencia de un reparto de personajes sustanciosos y el ritmo narrativo fluido. El director y guionista retrata la sordidez, crueldad y violencia de los bajos fondos sin concesiones (atención a la soberbia escena del asesinato del padre a base de sombras o el atropello de cierto personaje, momento de absoluta incorrección política y de una valentía increíble). Y, además, se centra en su protagonista, un hombre al que le estropearon su futuro a raíz del suceso, que ha empeñado su vida buscando la venganza y es capaz hasta de renunciar al amor con tal de cumplir su promesa.
Valoración: * * * *
"Uno Rojo: División de choque", una reconstruida historia de supervivencia

Hay películas (escasas, eso sí) que trascienden el cine, traspasan la pantalla, rompen la mera contemplación del arte y... alcanzan un nivel sensorial fabuloso para formar parte de ti, fascinarte de manera que jamás puedas olvidar la experiencia, hacerte partícipe de un acontecimiento prodigioso y único. Hasta que llegó su hora, de Leone, Persona, de Bergman, Blade Runner, de Scott, Apocalypse Now, de Coppola, Senderos de gloria, de Kubrick, o La noche del cazador, de Laughton, son algunas obras de arte que yo incluiría en tal categoría de privilegio. Y, desde ahora, Uno Rojo: División de choque (The Big Red One, 1980), de Samuel Fuller, y en su nueva e inédita versión extendida y remontada, muy posiblemente lidere mis preferencias particulares; no en vano, su impacto ha sido tal que, sin miedo alguno, me atrevo a afirmar que no sólo es la mejor película bélica que he visto, sino que además se corona como una de las experiencias cinematográficas más deslumbrantes que he vivido a mis 29 años.
Samuel Fuller fue combatiente en la Primera División de Infantería durante la II Guerra Mundial. Sus múltiples y ricas vivencias en el frente, en el meollo del horror bélico, le sirvieron para acometer un ambicioso y personalísimo proyecto donde depositó todo su genio, volcándose en él y plasmando elementos autobiográficos. Fuller vivió la guerra en primera persona, y pocos, por lo tanto, podían estar más legitimados que él para contar lo que se cocía en el corazón de las tinieblas.
Como no podía ser de otra forma, el estudio se encargó de erosionar el film mediante un bajo presupuesto y el derecho a reservarse la potestad sobre el montaje final. El resultado fue insatisfactorio para Fuller, ya que el metraje quedó recortado hasta verse reducido a una duración de tan sólo 113 minutos, lo que adulteró gravemente las intenciones del director. Muchas escenas relevantes habían quedado eliminadas, pero éste es el sambenito, por lo visto, de algunas de las mejores películas de la historia: joyas que, a pesar de las dificultades impuestas por los productores, acaban reponiéndose ante la adversidad y brillando en toda su magnificencia.
Afortunadamente, el inquieto crítico, productor e historiador de cine Richard Schickel se decidió a hacer justicia a la visión original contemplada por Fuller, iniciando un largo proceso de recuperación del material descartado más de 20 años antes. Orientándose por medio del guión original en su versión definitiva, Schickel lideró el trabajo de reconstrucción de una película mutilada que pedía a gritos un lavado de cara. Remontada, restaurada y remasterizada, la nueva versión extendida incorpora más de 40 minutos inéditos que contribuyen a acercarla a lo que pretendió su director.
Lo que encontramos, así, es una maravillosa epopeya épica sin parangón y desarrollada de manera episódica, a modo de vivencias encadenadas. El impresionante, enérgico y descarnado prólogo de aproximadamente cinco minutos, en blanco y negro, está protagonizado por el personaje principal, un sargento (encarnado por un crepuscular Lee Marvin) que lucha en una I Guerra Mundial que, sin él saberlo, ya agoniza hacia su fin. A partir de una nota de color (un pedazo de cinta roja de la gorra de un enemigo, símbolo después de la División “The Big Red One”), una elipsis magistral nos traslada a la II Guerra Mundial, con el mismo personaje, ya curtido y de vuelta de todo, liderando a un escuadrón formado por un grupo de jóvenes y cuya posición es la primera línea de fuego.
De manera casi permanente, la narración acompaña al duro sargento y a sus afortunados y descreídos cuatro Jinetes del Apocalipsis (Mark Hamill –como soldado titubeante, sembrado de dudas-, Robert Carradine –como escritor, trasunto del propio Fuller-, Bobby DiCicco y Kelly Ward) a lo largo de los diversos episodios bélicos (las invasiones del norte de África, de Sicilia, el desembarco de Normandía, en Omaha Beach, etc...) que conforman la trama. Fuller no juzga; simplemente, expone, narra, cuenta, transmite lo que ocurre.
Combinando la acción de combate (filmada con un estilo cercano y crudo) con los instantes reflexivos e introspectivos (tratados con toda humanidad y sensibilidad), la película resulta hiperrealista y atesora la gran virtud de contar con un equilibrio perfecto, justo, sabiendo cuándo ha de acelerar la marcha y mostrar la batalla en todo su violento esplendor y cuándo, por el contrario, ha de pisar el freno y otorgar un espacio íntimo a sus personajes para que los conozcamos y seamos testigos, a través de sus diálogos, semblantes o actitudes, de sus inquietudes, miedos, temores...
El objetivo es sobrevivir a la pesadilla, al caos, a la brutalidad humana. El escuadrón vive variadas experiencias durante su camino teñido por la muerte: desde las más delirantes y extravagantes (lo que acontece en un manicomio) hasta las más estremecedoras (la tremenda escena de la mina castradora o el demoledor desembarco en Normandía). Cualquier cosa tiene cabida en un escenario demencial donde la esperanza se circunscribe a sobrevivir a costa de matar al prójimo, donde es posible perder la razón (atención al personaje de Hamill, disparando sin descanso a un alemán ya muerto), donde pueden tener lugar momentos tan descorazonadores como el referido a la relación entre un demacrado niño, liberado de un espeluznante campo de exterminio nazi, y el sargento, quizás el clímax más dramático, emotivo y doloroso que un servidor haya visto en su vida (lagrimones, oigan).
Y el final, sencillamente impecable, cierra el círculo de la forma más adecuada posible, simbolizando que la muerte ha sobrepasado a la guerra, que ni siquiera el teórico fin de las hostilidades puede acabar con el exterminio mutuo del ser humano.
Una obra maestra sin paliativos, de credibilidad aplastante, objetivamente soberbia (guión, interpretaciones, fotografía, música), adelantada a su tiempo, que profundiza en los personajes y evade el espectáculo propio de las películas sobre la grandeza del tema y que, al fin y a la postre, se antoja muy influyente, en mayor o menor medida, en aproximaciones bélicas tan distintas como Salvar al soldado Ryan o La delgada línea roja. De obligado visionado, no cabe duda.
Valoración: * * * * *

